miércoles, 12 de noviembre de 2014

La Tercera Orilla de Celina Murga (2014)



El ambiente es un pueblo del litoral, patriarcal y conservador. El personaje central es un adolescente que descubre que su padre, con la impunidad que le da ser hombre y doctor en esa pequeña comunidad periférica, tiene dos mujeres, dos familias, dos vidas, sin sentir remordimiento alguno por su conducta, cómo si tuviera derecho a hacer tal cosa. Este es, claro, el primer acto, que luego se prolonga , inexplicablemente, durante una hora y media en la que la cámara no cuenta sino que sugiere, una perversión del cine contemporáneo argentino, producto del horror de las facultades que le enseñan a sus alumnos a no ser obvios cuando la obviedad es, de hecho, la esencia del cine ya que, vamos, nadie puede creer, en tan sólo una hora y media, que unos pájaros atacan a una casa alertados por la presencia de una dama si no somos asquerosamente obvios. El punto es que, aunque la trama es obvia, lo que está detrás de ella no lo es es y el dispositivo narrativo alrededor de ese relato constituye la magia del séptimo arte tal como la conocemos y celebramos. 

Celina Murga, la directora, termina su película justo cuando debería comenzar el segundo acto, justo cuando el personaje está dispuesto a vivir aventuras, salir al mundo, experimentar la libertad. Lo he hablado en este blog, los directores de cine argentinos no saben filmar la libertad, le temen, encierran a sus personajes y los filman como ratas de su pequeño laboratorio burgués, un juego perverso y desagradable propio de gente que no sabe comunicar más que sus propias incapacidades que presentan como ¨inquietudes¨. Eligen la desesperanza y la tristeza, sus personajes son mezquinos y desagradables, creen que una película debe ser aburrida para ser buena, ojala algún día filmen Zoolander. Mientras tanto seguiremos viendo basura pretenciosa de este tipo con críticos ignorantes que celebran todo aquello que los proporcione algún prestigio en un remoto festival que no le importa a nadie. 




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