L’arbre, le maire et la mediateque es una obra sin intriga o acción en el
sentido americano de la palabra, en la que los personajes dialogan y dialogan
por largos minutos que fluyen en la calma
del campo y de la ciudad sobre temas diversos como política y sociedad. No hay
disparos ni desnudos sino el placer del lenguaje exhibido en palabras que se
diluyen en la belleza y el silencio de los escenarios. Si uno de los consejos
de guion más frecuentes es que los diálogos
no sean explicativos, Rohmer dinamita la frase usando la palabra como
materia prima para trabajar sobre las costumbres y las maneras de la sociedad a
la que pertenece.
Como admirador y
lector de literatura francesa, encuentro con frecuencia en los clásicos
(Stendhal, Flaubert, Balzac) una marcada división social y cultural entre la gente
de las provincias y la gente de las grandes ciudades. En todos los casos se
realiza un alegato a favor de la urbanidad y el progreso y una crítica contra
la burguesía mediocre y noble que se extinguió con la llegada de Napoleón. Rohmer, sin embargo, es un caso único: un
artista moderno que no deja de sentir nostalgia por los tiempos pre napoleónicos
donde la calma y el orden dejaban el tiempo suficiente para contemplar la luz
del sol sobre los arboles. Esto ha hecho que muchos lo consideren reaccionario o
conservador pero la etiqueta parece quedarle chica al pequeño genio silencioso
que es Rohmer, porque lo central en su obra es la búsqueda de la Belleza y no
de la Historia, si me permiten las mayúsculas. Es decir, la belleza rohmeriana
es un ideal a la manera griega y la historia es el accidente que sucede
mientras los hombres se acercan o se alejan de ese ideal. En la dictadura de la
relatividad pensar en un ideal de lo bello puede sonar retrogrado pero comparto
profundamente esta intención y es cierto que la nueva generación de intelectuales universitarios todavía no ha
mostrado más que bocetos de una realidad que es, fue y será incomprensible.
L’arbre, le maire et la mediateque narra la lucha de un maestro de escuela
contra la instalación de una mediateca que, bajo la fachada del progreso y la inclusión,
implica una ruptura con el orden apacible y perenne del campo. La resolución sigue
la línea de pensamiento de Rohmer, con la que coincido plenamente. Si bien es
cierto que nada en el Universo es estático y que ser conservador es ir contra la
Naturaleza misma, me declaro reaccionario si por progreso se entiende colocar un cartel de Coca Cola o una foto de
Cristina Fernández de Kirchner frente a un conjunto de ladrillos. El progreso es engañoso y suele venir acompañado
de billetes y de las personas que los ponen. En ese caso, como Rohmer, opto por
el árbol y por la Belleza, si me permiten la mayúscula.
JPS
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