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domingo, 22 de febrero de 2015

Relatos Salvajes de Damián Szifrón (2014)



El éxito global de Relatos Salvajes no debe entenderse por únicamente por su calidad artística o por su fenomenal campaña de prensa sino porque se trata de una película que un enorme sector de la sociedad necesitaba ver. Por fin, durante minutos que en la butaca del cine transcurren como en un sueño, la culpa progresista se diluye y los prejuicios hacia ese otro cultural que acecha pueden expresarse sin prejuicios, en una suerte de liberación emocional que luego, al salir de la sala, deja una satisfacción desagradable, si tal contradicción es posible. Es común ver alrededor del mundo esas tediosas historias inclusivas en las que un blanco y un negro se conocen, superan sus prejuicios y al final logran llegar a una suerte de unión en la que ambos, de todos modos, seguirán cumpliendo su rol tradicional. Esa moral ambigua, culposa y conservadora del cine progresista, cuyos ejemplos más recientes serían The Butler o 12 Years Slave, demuestra su persistente fracaso en la brutalidad de Relatos Salvajes. Todo en el film es burdo e infantil pero nada de eso importa porque el éxito de Damián Szifrón es lograr identificación con un público que ve en Bombita o en La Novia el antihéroe que necesita y que se rebela al fin contra el sistema, cuyas caras últimas son los automatizados empleados, la clase trabajadora, y no el gran capital que el propio Szifrón mencionó en el almuerzo de Mirtha Legrand.

El problema de Relatos Salvajes es que no hay una mirada lúcida sobre aquello que muestra, sus relatos no pasan de anécdotas banales, historias ingeniosas enfocadas en mostrar las miserias del ciudadano a pie en un largo ejercicio de misantropía. Borges dijo alguna vez que en toda gran obra debe haber un personaje admirable y esto aquí no se cumple de ningún modo ya que Szifrón necesita que todos sus personajes sean despreciables para poder narrar su historia, lo que constituye casi una acto de miseria artística. Como además teme asumir posiciones ideológicas o políticas que le compliquen su afán por el entretenimiento puro muchas de sus historias terminas de manera abrupta, justo en el momento en el que debería tomar una decisión (es)ética. Su objetivo es simple: crear un personaje que pueda representar al espectador promedio, plantear rápidamente una situación y luego enfrentarlo a una pesadilla que acabará, inevitablemente, en una tragedia con gusto a farsa. La experiencia de Relatos Salvajes plantea un público muy pasivo que debe entregarse al supuesto placer de ver cumplidos los que parecen sus deseos y, por eso mismo, el éxito de la película habla menos del cine que de la sociedad contemporánea.

Una mirada benevolente sobre Relatos Salvajes podría expresar que refleja la locura a la que nos lleva la vida en estos tiempos. El entusiasmo por la película de Michael Moore, un hombre de izquierdas, que acabo de descubrir vía Twitter, quizás pueda explicarse de ese modo. Pero lo cierto es que no hay nada en Relatos Salvajes que nos permita llegar a una conclusión de ese tipo, e incluso no son pocos los momentos en los que, casi de manera involuntaria, sus propios prejuicios se expresan en pantalla. Al novio no le molesta tanto que su mujer se acueste con un extraño sino que ese extraño sea un cocinero que observa en un significativo plano a través de la puerta que da a la cocina. Momentos antes, en ese mismo episodio, un matrimonio de clase alta llegado desde el exterior se queja por la inseguridad, aún cuando esto no tiene ninguna relación con la trama, quizás por la necesidad de Szifrón de crear un clima de peligro general que explique la reacción posterior de su heroína. En el episodio de Sbaraglia la historia tenía que ser contada desde su punto de vista ya que, si hubiera sido de manera inversa, si hubiéramos observado a un trabajador volviendo a su casa tras una larga jornada, ese negro resentido hubiera exigido un compromiso por parte del espectador, el ejercicio de observarse desde afuera y reflejarse en un espejo algo incómodo, todos pensamientos que contradicen el entretenimiento simple e irreflexivo del film. ¿Por qué vivimos en un mundo salvaje? ¿Por qué podemos perder el control? ¿Por qué un ciudadano propone poner una bomba en la AFIP? En la película esas preguntas ni siquiera están planteadas.


Sería ingenuo subestimar, de todos modos, la inteligencia del director. La historia del avión, puesta con malicia al inicio de la película, es un seguro que Szifrón crea contra textos como el que están leyendo. Su protagonista es un crítico de música ya que, vamos, hubiera sido demasiado obvio que fuera crítico de cine. Junto a él se sienta una modelo muy bella. Conversan. Podría ser el inicio de una aventura romántica o, por qué no, una historia de amor. El personaje, tratando de seducir a la joven, declara con jactancia que puede encumbrar o destruir artistas con un simple artículo, y justo después de eso, de manera vengativa, se revela la trama secreta detrás de la casualidad. Nunca vemos al piloto del avión porque, claro, es el propio Szifrón que, a modo de prólogo audiovisual, nos dice que dejemos de lado nuestra capacidad para reflexionar y nos dejemos llevar por su mirada. Claro que, como esa mirada no asume ningún compromiso ni pretende enredarse en posturas de alguna complejidad, el piloto no tiene otra opción más que estrellar el avión contra la tierra y hacer reír a la platea. En los títulos iníciales, ilustrados por fotografías de animales salvajes, Szifrón se reserva la imagen del zorro. Tampoco esto es casual: se puede debatir si es un gran director o un artista humanista pero no hay dudas de que es un hombre muy astuto. 

martes, 26 de febrero de 2013

El fondo del mar de Damian Szifron (2003)

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Hace algunos dias encontre en INCAA TV la opera prima de Szifron, que habia visto mucho tiempo atras y de la que practicamente no recordaba nada. El film abunda en defectos pero tiene algunas escenas brillantes y esta irregularidad no deja de hacer del director una figura central de ese cine argentino que nunca pudo desarrollarse, atrapado entre el exito facilista de “las peliculas de Darin” y el snobismo provinciano del BAFICI.

Ezequiel es un estudiante de arquitectura algo obsesivo y detallista, caracteristicas de su personalidad vagamente desarrolladas en una escena en la que pide queso blanco y tostadas para el espectador, no para los otros personajes, una situacion en la que las costuras del argumento se evidencian y que, por otro lado, no dejan de ser innecesarias ya que, como veremos, no hay mayor necesidad de que el personaje sea obsesivo y detallista. En un primer plano algo excesivo nos narra que desconfia de su novia, interpretada por Dolores Fonzi, y sorpresivamente decide visitarla a su departamento. La escena es aparentemente banal, ella esta elusiva y triste, llora sin sentido y Ezequiel la sigue buscando, aferrarandose a una relacion que se sabe muerta. Sin respuestas, sentado en la cama, ve que una mano masculina lleva bajo el colchon un zapato negro El joven, en lugar de pelearse, decide irse del lugar, incapaz de enfrentar su peor miedo. La escena es muy buena, esa mano intrusa, sin rostro, es la manifestacion fisica de la muerte, la caida por el pozo negro de Alicia, el fin.

Ezequiel, impotente, se queda en la puerta del edificio esperando la salida del sujeto, un desagradable y gracioso Gustavo Garzon. La larga secuencia en la que Ezequiel persigue al amante de su novia,  ambos en automovil, es preciosa y constituye el corazon del film. Szifron crea un suspenso enrarecido: no se trata de un objeto de deseo (Kimmy Stewart siguiendo a Kim Novak) ni de una mision de esponaje (Jack Nicholson en Chinatown), es simplemente la busqueda banal de una explicacion lo que mueve a un personaje que nunca deja de ser un verdadero cobarde. Es comun ver una nueva ola de directores jovenes criados en hogares de clase media, fetichistas del comic y de Alf, que lejos de la vieja virilidad de Ford o Ray ven a la figura femenina como el secreto premio que obtendran cuando la gente note que no son unos perdedores timidos sino unos secretos genios. El indie, el cool, I Sat, representan el nicho de consumo de los seres de esta naturaleza post moderna, el arquetipo real que explica que, en la ficcion, Ezequiel no saque de la cama a Garzon y le destruya bien la cara para tener luego algo de buen sexo brutal con el personaje de Dolores Fonzi. Esta falta de valentia esta, sin embargo, bien lograda y, como hemos dicho, tiene un poderoso eco en lo real.

Cuando esta falsa persecucion acaba y se diluyen sus logros tanto narrativos como fotograficos (es destacable la bella manera en la que esta filmada Buenos Aires), el film muere pero Szifron lo prolonga algunos largos minutos mas, con explicaciones y metaforas sin demasiado sentido. No se entiende muy bien cual es la justificacion de esta idea sobre el mar que abunda en la pelicula, se trata de una metafora infantil y molesta que diluye el sentido. Tampoco ayuda la larga explicacion del personaje de Fonzi del final, una escena innecesaria y mal filmada que no realiza ningun aporte y que destruye la subjetividad sobre la que se construye la obra. 

“El fondo del mar” prueba que Szifron es un director de talento que quizas deba dejar de ser Ezequiel para transformarse en el personaje de Garzon. Este doppelganger narrativo no termina de construirse pero, de manera torpe, la escena final intenta hacernos pensar que hubo un crecimiento, un traspaso de energia. Como el director se identifica con Ezequiel, el film posee todos los defectos de su personaje principal.

JPS