lunes, 4 de junio de 2012
L'arbre, le maire et la médiathèque de Eric Rohmer (1993)
viernes, 23 de marzo de 2012
La Collectionneuse de Eric Rohmer (1967)

Continuando con la exploración de la obra de Eric Rohmer llego en este caso a una de sus películas tempranas, La Collectionneusse, film que forma parte de su saga de Cuentos Morales. La forma literaria vuelve a imponerse en la estructura de la película, con la introducción de los tres personajes y sus conflictos mediante viñetas separadas por placas con el nombre de cada uno de los protagonistas. En un triangulo al que apenas podríamos llamar amoroso, la primer placa la ocupa Haydee y esta se presenta, simplemente, con planos de su bello cuerpo en bikini, en una playa idílica, como si la mera forma de la mujer fuera suficiente para comprender su contenido. El segundo personaje, Daniel, es un artista plástico que sostiene una larga conversación sobre arte que oficia también de tesis posible para comprender la película; después del vacío solo hay dolor, dice uno de ellos, y cuánta razón tiene. El tercer personaje es Adrien, cuya voz en off y mirada será nuestro punto de vista sobre la película. Adrien está teniendo una conversación con su novia y una amiga sobre la belleza, uno de los temas recurrentes del director. Lo que sucederá luego es previsible en el contexto de estos cuentos morales: la tentación, el dilema moral entre el deseo y la obligación, la belleza del cuerpo y la belleza del alma como conceptos hermanados y contrapuestos.
La trama es sencilla: luego de años de trabajo continuado, Adrien pasara unos días de descanso en a la casa de campo de un amigo, sin su novia, con el único fin de hacer un ocio absoluto y comportarse de manera casi monástica. Allí se encontrará con los mencionados Daniel y Haydee, y la tentación por acostarse con la coleccionista de hombres se vuelve, casi, un dilema existencial. Para Adrien y para nosotros, burgueses occidentales del siglo XX, cualquier opción es pésima: acostarse con la chica esta mal, no hacerlo también. Imbuido de este conflicto, Adrien divaga y reflexiona, y algunos de sus pensamientos tienen una bella elocuencia:
Siempre somos esclavos de los demás…. Me parece menos deshonroso dormir en casa de un amigo que ser asistido por el Estado… La mayoría de la gente que trabaja hace un trabajo superfluo. Lass tres cuartas partes de las actividades son parasitarias… (…) Hay gente que trabaja 40 anos para poder descansar y cuando por fin lo logran no saben qué hacer y se mueren. Sinceramente, creo que sirvo mejor a la Humanidad holgazaneando que trabajando. Es verdad, hay que tener el valor de no trabajar (un valor que tienen muy pocos).
A diferencia de otras películas de Rohmer, La Collectionneusse tiene la peculiaridad de contar con personajes que no son del todo agradables: Haydee es histérica y vacía, Daniel un pobre idiota acomplejado. Es difícil sentir alguna empatía por ellos, están vistos con una distancia demoledora, como si el director también los despreciara. Adrien, por su parte, es el único que posee una complejidad emocional y una profundidad matizada, y su conflicto burgués esta explorado en toda su dimensión.
Estamos ante una obra fría, distanciada, casi una tesis científica. Yo prefiero la calidez de las mejores películas de Rohmer donde todo acto esta visto con una empatía conmovedora. Solo el personaje de Adrien y su escape final, visto en un arrebatador plano subjetivo, exhibe ese rasgo de humanidad irracional y tan lógicamente ilógico que tienen todos los hombres.
JPS
martes, 20 de marzo de 2012
Quatre aventures de Reinette et Mirabelle de Eric Rohmer (1987)

Quienes frecuentan este blog conocerán mi obstinada admiración hacia Eric Rohmer, por lo que no deberá sorprender la grata impresión que me dejo el visionado de esta hermosa película que trata los temas habituales del director: el arte, la luz, el silencio, la moral, o, en otras palabras, la Belleza. La historia es simple: dos chicas se conocen de casualidad en una campiña francesa y se vuelven grandes amigas, lo que las llevara a vivir juntas en Paris mientras una de ellas acaba sus estudios de arte plástico. Pero claro, sabemos que en Rohmer la anécdota no es nada, apenas una excusa para filmar rostros, amaneceres y calles vacías. La obra se estructura en cuatro actos (esas cuatro aventuras del título) y la más poderosa es la inicial, titulada La Hora Azul. Como en el Le Rayon Vert, Rohmer toma un fenómeno de la naturaleza como metáfora de su relato, reafirmando su cualidad impresionista. La Hora Azul es ese momento del día en que los animales de la noche se duermen y los animales de la mañana aun no se han despertado, un instante de silencio absoluto. El resultado es una soberbia pieza cinematográfica, llena de terror y de belleza, o quizás con el foco puesto en ese momento en que la belleza es tan poderosa que produce cierto pánico.
Las tres siguientes historias transcurren en Paris, y lo primero que impresiona es el deliberado amateurismo que se desprende de la cinta, el desparpajo por utilizar actores que no actúan del todo bien y por ubicar la cámara en la calle sin pedir permiso. He leído luego que Rohmer filmo la película mientras buscaba locaciones para su obra maestra, la mencionada Le Rayon Vert, y eso no hace más que reafirmar su genio. Por otro lado, a título personal, desprecio esa apología, común en la peor critica, del profesionalismo en el cine, y me agrada ver una obra viva, que se admita construcción ficcional, que no tenga miedo en mostrar sus costuras. La autenticidad que se desprende de cualquier película de Rohmer es clave para la elevada consideración que tengo sobre su obra, y Quatre Aventures derrocha autenticidad y amor al cine en cada uno de sus fotogramas.
Las historias parisinas oscilan entre el dilema moral y la simple humorada, aunque sobre el final vuelve el tema del silencio y de la expresión, conflicto central no ya del filme sino del ser humano; la distancia entre aquello que se piensa y aquello que logra expresarse es siempre abismal o, como diría Lou Reed, between tought and expression lies a lifetime.
Las actuaciones de Joelle Miquel y de la hermosa Jessica Forde están perfectas y, como en las compañías fordianas en las que Ward Bond siempre cumplía algún papel, aquí vemos actores clásicos de Rohmer haciendo bolos y papeles secundarios con una risa contenida. Quatre aventures es una obra menor dentro de la filmografía del director, aunque resulta valiosa porque se trasluce lo bien que la han pasado detrás de cámara, la infinita felicidad que produce hacer y pensar en cine. Eso es algo que en las películas contemporáneas, aunque parezca una locura, es muy difícil de encontrar.
JPS
sábado, 18 de febrero de 2012
Ma Nuit Chez Maud de Eric Rohmer (1969)

Como todo francés que se precie de tal, Rohmer es asquerosamente racional aun a pesar de su catolicismo, y quizás deba decirse que esta escisión entre la razón y la pasión cristiana es el debate central de la mayor parte de sus películas y, por qué no, de la civilización occidental. ¿Dónde ubicar el carácter trascendente de la vida humana en la inmensa banalidad en la que vivimos? ¿Cómo no sentir culpa al entregarnos al placer más puro y como, al mismo tiempo, no sentirse horrorizado ante la vida dura de trabajo y sacrificio? Las películas del director nos traen una y otra vez estas preguntas, y si su cine es extraordinario es porque logra capturar lo trascendente en la banalidad, porque observando la superficie encuentra lo sublime.
En Ma Nuit Chez Maud, como en casi todos sus cuentos morales, se plantea una tesis que los personajes deberán demostrar como verdadera o errónea. Esta tesis es a veces difusa o compleja y se da en el marco de una larga charla, exhibiendo el placer de Rohmer por filmar conversaciones, por demostrar todo lo no verbal que hay en la palabra, usando al lenguaje como materia prima, retomando la tradición oral frente a la maquinaria visual que nos bombardea. Un cristiano culposo (Jean Louis), un marxista (Vidal) y una chica liberal y nihilista (Maude) se encuentran y hablan sobre Pascal, la fe, el deseo, el matrimonio, pero nada de lo que dicen importa más que las manera en que se miran, en que sus cuerpos se mueven por la habitación durante la noche que da título al filme.
La película se plantea de manera excesivamente intelectual, algo que con el tiempo Rohmer fue corrigiendo, logrando que los personajes sean menos conscientes de su rol como pensadores y se dejen llevar por esas voluntades que a su vez intentan reprimir. En su obra maestra Le Genou de Claire, esa caricia a la rodilla de la chica en cuestión es una exhalación de deseo, el único gesto no reprimido que el protagonista logra efectuar en el teatro de la vida, durante una de las escenas más bellas jamás filmadas. No hay conciencia ahí sino pura energía inconsciente logrando pasar la barrera de la represión. En Ma Nuit Chez Maud Rohmer busca imponer una idea estética, intenta ser radical para manifestar una posición artística, y los debates no son solo emocionales sino también intelectuales, algo que en lugar de hacer crecer la idea por momentos la reduce a categorías de pensamiento algo explicitas.
Sin embargo, estamos hablando de Rohmer, uno de los más grandes directores de la historia del cine, y aun con algún efecto de estilo no del todo depurado, la película no deja de ser hermosa en muchos sentidos. Es memorable la manera en que Jean Louis manifiesta físicamente su debate interno al acostarse junto a Maud (envuenlto en una manta que funciona como cinturón de castidad) y aquí volvemos a encontrarnos con que, a pesar de ser una película hablada, las palabras solo quedan en la superficie; de manera lacaniana notamos que el cuerpo actua como un traidor al cerebro y exhibe las pulsiones reprimidas. Luego, claro, la dulce ironía: nunca vemos a Jean Louis tan feliz como junto a Maude, nunca lo veremos sonreír y hablar de esa manera, en algún punto esas breves escenas en compañía de ella son las únicas en las que no hay represión, donde la libertad es absoluta, donde la comunicación fluye hacia ese lugar común llamado felicidad. Y, sin embargo, la relación se corta. Las razones son múltiples, pero quizás haya que regresar a la pregunta inicial: ¿cómo no sentir culpa al entregarnos al placer mas puro? ¿Es nuestra tendencia al sacrificio una aberración del cristianismo? El final muestra una felicidad puesta en duda, aceptada en silencio, débil ante la menor sacudida. En algún punto es Maude quien parece exenta de toda culpa, liviana como la libertad, aunque no por eso más feliz. Y el director logra esta complejidad psicologica y emocional con una austeridad y una simpleza que no dejan de dejarme pasmado. Es que Ma Nuit Chez Maud es una película bien rohmeriana: simple en apariencia pero misteriosa como todo lo que es bello en el universo.
JPS
miércoles, 25 de enero de 2012
Le Rayon Vert de Eric Rohmer (1986)


